De tauromaquia y otras psicopatías. Psicoanálisis.

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BOOM. El título ya de por sí es un poco llamativo. Psicopatía, qué palabreja. Socialmente la palabra psicopatía nos transmite desconfianza, miedo, terror, un psicópata es una persona malvada, según lo que nos han enseñado la errónea sociedad. Las enfermedades mentales son muy desconocidas en términos psicológicos, las personas que no están versadas en esta ciencia se guían por lo que nos han mostrado las películas, novelas poco científicas y la prensa popular. Pero calmaos un poco, una persona que es psicópata no es una asesina, que quede claro. Al igual que no todos los asesinos son psicópatas. Definamos psicopatía:

Enfermedad o trastorno mental, en especial el que se caracteriza por una alteración del carácter o de la conducta social y no comporta ninguna anormalidad intelectual.

Hay muchos psicópatas a nuestro alrededor aunque no lo sepamos, muchos de nuestros líderes políticos son psicópatas (¡ay!) pero dejemos este tema para otra entrada, solo quería dejaros claros algunos términos psicológicos (ya sabéis que escribo para enseñar y qué mejor manera que explicar los términos ambiguos).

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Si la psicopatía se caracteriza por una alteración de la conducta social, ¿por qué la sociedad española acepta la tauromaquia? Ahí está la clave: la sociedad española, no la sociedad. Hemos crecido y nos han enseñado desde pequeños que para ser español tiene que gustarte la afición de los toros. “Es una tradición”, “es nuestra seña de identidad”, “un verdadero español va a los toros”, “es nuestra fiesta tradicional”. Se excusan en que la tradición y los valores que enseña el matar al toro nos hace más españoles y por lo tanto amamos más nuestra gran patria. Es una seña casi familiar, una unión social muy fuerte en la que se puede torturar y matar a un animal sin sentir remordimiento alguno porque es una tradición y no se puede cuestionar porque si lo haces no eres un verdadero español. Es una manera de sentirse integrado en un grupo social fuerte y ya sabemos que el ser humano es un animal (porque somos animales por mucho que les pese a algunos) sociable que necesita sentirse protegido pero sobre todo, aceptado.

En Viajes por España, un libro bastante popular escrito por un autor holandés anónimo a comienzos del siglo XVIII, puede leerse lo siguiente: “El deseo que muestra esa nación de matar a los toros es increíble. Si por azar el pobre animal pasa cerca de los tendidos, lo atraviesan con mil golpes de sus espadas, y cuando lo derriban quieren apoderarse de su cola o sus partes vergonzosas, que se llevan en sus pañuelos como señal de alguna victoria”.

Théofile Gautier, un escritor francés del s. XIX, comentaba sorprendido: “La costumbre lo es todo, y el aspecto sangriento de las corridas (lo que más impresiona a los extranjeros) es el que menos preocupa a los españoles, atentos al mérito de los lances y a la destreza desplegada por los toreros”.

La tradición de torturar y matar al toro en el ruedo proviene de la Edad de Bronce, y se ha desarrollado a lo largo de siglos como una forma de demostración de valentía, al estilo de algunas tribus que aún practican ritos de paso de la niñez a la edad adulta aunque el toreo, tal y como lo conocemos ahora, proviene del s. XII y nació, cómo no, en España. Nuestro país siempre ha estado ligado al toro, de hecho, la península Ibérica es una “piel de toro”. Qué ironía que matemos al símbolo de nuestro país, da qué pensar.

Pero sigamos con el psicoanálisis, ¿os sorprendería que os dijera que la afición taurina, aparte tendencias psicóticas, también sufre de pulsiones inconscientes sádicas, narcisistas y eróticas? La que vamos a liar.

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La afición a la tauromaquia es debida a que proporciona un marco único para el desahogo y la proyección de pulsiones instintivas reprimidas. Claramente, su atractivo central es el de la gratificación inconsciente de las pulsiones sádicas. El dolor y la muerte del toro se dan por supuestos. En la mente de toda la afición está el hecho de que pueden correr la misma suerte los caballos y, por supuesto, los toreros, aunque un taurino jamás admitirá que va a la plaza a ver morir al torero, ya que esa pulsión totalmente consciente le aterrorizaría como ser humano. Un ser humano nunca puede desear conscientemente y aceptar que quiera ver morir a otro ser humano. Y recalco, consciente, porque inconscientemente por supuesto, ahí actúan el Ello (nuestros deseos más oscuros y sádicos) que normalmente son reprimidos por el SuperYó (nuestra moral y ética más estricta, digamos que es el cura rancio de nuestra mente pero muy necesario). El aficionado experimenta dos deseos que chocan entre sí: que el torero sea cogido pero que no sea de manera sangrienta, siendo este último el deseo consciente.  Estos deseos contrapuestos satisfacen en el espectador dos instancias psíquicas diferentes: el Ello de los instintos y el Superyó de la conciencia.

Los aficionados no pueden aceptar que van a las corridas a ver torturar y matar a un animal, como tampoco pueden aceptar que van a ver morir al torero. Se excusan en que es una demostración de supervivencia: el animal contra el hombre, el instinto primitivo contra la inteligencia racional superior del hombre como especie; como se suele decir, David contra Goliat. De hecho, el torero también sufre de esta ambivalencia: se dice a sí mismo, se justifica ante sí mismo, en que es una lucha de iguales, que el toro va a matarle y él tiene que defenderse, como si el toro hubiera elegido estar ahí. Se dice a sí mismo que tiene que luchar para sobrevivir, ¿quién ganará en esta lucha de especies? Es una batalla entre el mundo animal y el mundo humano, es en defensa propia. Nadie se da cuenta de que el toro no está ahí porque él quiere matar al torero, el toro está ahí porque le han puesto ahí.

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Teniendo esto en cuenta, que ese pensamiento colectivo de defensa propia, de primitivo contra inteligencia, la afición taurina no va a los ruedos a presenciar una caza, eso les enfada y les horroriza. El toro y el hombre están en igualdad de condiciones (el toro con las astas, el hombre con la espada… y con los rejones, y las lanzas, y los novilleros…).   Más aún repugnaría a los espectadores la idea de que habían acudido para presenciar una cogida y estarían parcialmente en lo cierto, porque, desde luego, no es ésta su única motivación. La mayor parte de los aficionados razonaría sencillamente, y con razón, que la tauromaquia es una fiesta sin par en el mundo, un espectáculo emocionante y hermoso en el que se demuestra la bizarría, el arte y la inteligencia de un hombre ante una bestia brava. Aunque comprensible, toda esta argumentación es adicional y no sustitutiva del sadismo inherente a la tauromaquia. Cuando los asistentes a una corrida dicen que padecen con el sufrimiento y se alarman si el diestro resulta herido por el toro, no son conscientes de que estos sentimientos son reactivos a sus ocultos deseos sádicos. Al público le agrada secretamente la idea de lamentar tragedias, llorar a las víctimas y horrorizarse por los sucesos sangrientos. Además, la excitación ante el peligro del prójimo es placentera.

Pero, ¿la tauromaquia fomenta el sadismo de la afición o lo canaliza a través del comportamiento socialmente aceptado?

La cuestión es la de si la aceptación social del espectáculo de los toros promueve la expresión sádica de unos instintos agresivos que podían haberse sublimado por derroteros socialmente más útiles; o si, por el contrario, neutraliza su potencial destructivo por medio de la descarga parcial de dichos instintos. Después de todo, hoy día el aficionado se limita a tener fantasías asesinas pero no a realizarlas. La respuesta a esta pregunta es, con toda seguridad, que la fiesta de los toros lleva a cabo ambos cometidos psicológicamente contradictorios en el espectador. El Superyó del aficionado pone objeciones, conscientes o no, a la tortura y el sacrificio del animal. Esto crea un conflicto intrapsíquico, porque el espectador se pone también, claro está, de parte del torero. Si el toro es visto inconscientemente como la encarnación de pulsiones inaceptables, de los propios impulsos “bestiales”, la afición aprobará la agresión contra el animal. De hecho, suele hablarse de “castigar” al toro.

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El toro puede verse, al igual que el torero, como agresor y como víctima. El público reacciona conforme a la oscilación de sus identificaciones. Para la afición es importante saber que el toro tiene una oportunidad de matar a su matador, que no se trata de una caza (como hemos dicho antes). Cuando el picador se ensaña con el animal o cuando el espada mata torpemente, la afición se enfada. Lo que se percibe como abuso del animal despierta sentimientos de culpabilidad asociados a fantasías sádicas reprimidas. También se indigna la afición si piensa que el toro sale al ruedo afeitado de pitones. Una vez más, se altera el equilibrio preciso de igualdad de fuerzas, aunque cambiante con las épocas, en la lucha entre el hombre y la bestia.

El narcisismo infantil de los toreros

Una de las dinámicas más importantes en la organización mental del torero es la de la gratificación narcisista. Indudablemente, el colorido de las corridas, el atuendo de los toreros (“iluminarse como una estrella”), las diversas suertes, la misma plaza, proporcionan un escenario especialmente apropiado para el despliegue y la gratificación del exhibicionismo narcisista. El placer, de origen infantil, de despertar gran admiración puede compensar muchas penalidades. Ese afán por causar admiración. Los sueños de esplendor e inmortalidad sirven, a su vez, para contrarrestar sentimientos pretéritos de inferioridad. Cuando el torero se siente muy apremiado a obtener una sensación de grandiosidad en el ruedo, o cuando necesita la aclamación de la afición a cualquier precio, se verá impulsado a poner su vida en un peligro mayor de lo que le aconsejaría su sentido común. Cuando la plaza vibra con el matador, participa por unos instantes de esa exaltación egocéntrica que constituye, en realidad, la regresión al gozoso sentimiento de la omnipotencia exhibicionista de la infancia. Pero esa reacción emocional tiene poco que ver con un afecto verdadero hacia el torero. Éste sabe, o la experiencia le hace aprenderlo pronto, que el fervor de la afición de una tarde puede trocarse en animadversión a la siguiente o, peor aún, en indiferencia. Muchas figuras del toreo han temido más al ocaso de su popularidad que a las mismas cornadas. El torero, desconocido personalmente para la mayoría, no es más que depositario de las pasiones de la afición; éstas pueden transferirse sin transición a otro torero, objeto de proyecciones similares. Lo de menos es el protagonista, lo que más pesa es el contenido que inconscientemente se proyecta sobre él.

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La posición privilegiada del torero de cartel —dinero y fama en la juventud— inspira admiración, pero también envidia, inevitable cara de la misma moneda. Es común que el espectador intente compensar este doloroso sentimiento, que denota inferioridad y, además, es censurable para la conciencia, por medio del de superioridad. Así, se erige en juez de lo que pasa en el ruedo, hace exigencias al torero y se arroga la prerrogativa de la aprobación o el insulto. Existe otra fuente de envidia del torero, que es la referente a la imagen de la masculinidad. A este respecto el torero parece superior por su valor superlativo. Las prácticas taurinas pueden tener, además, una dimensión erótica para la afición.

El erotismo presente en los ruedos

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Tierno Galván adujo numerosos ejemplos del léxico de la tauromaquia que se emplean con significado sexual, haciendo la siguiente afirmación machista: “En lo que afecta a las relaciones eróticas, la mujer se ve como una entidad rebelde y bravía a la que hay que domeñar por los mismos medios y técnica que se emplean en la brega taurina”. No es ajeno a la torería tampoco el fenómeno que los psicoanalistas conocen como la erotización del peligro, en el que se funden las respuestas psicofisiológicas ante el miedo con la excitación sexual.

Esa idea de masculinidad arcaica está muy presente en los toreros, la dominación del hombre sobre un ser inferior y que debe ser sometido, la sensación de poder y de doblegar a una bestia brava y salvaje. Belmonte dijo: “Me atrevería a esbozar una teoría sexual del arte de torear […]. Esa emoción que le hace a uno acercarse al toro con un nudo en la garganta tiene, a mi juicio, un origen y una condición tan inaprehensible como los del amor”.

 

Realmente hay muy pocos estudios acerca de la psicología de la afición taurina y me llama mucho la atención, ya que, psicológicamente, es un comportamiento muy interesante. Hay otras teorías psicoanalíticas que hablan de una pulsión parricida (el toro representa al padre y el torero es el hijo que cansado de estar bajo su yugo lo asesina) o tendencias homosexuales (las cogidas representan un coito sádico homosexual) pero dado que esto está bajo mi perspectiva y acorde a mis conocimientos, he usado solo el material que realmente creo que es psicológicamente cierto. También es cierto que, dado que es un psicoanálisis, se me pueda reprochar que no es algo científico y por lo tanto no es válido, así que animo a todos a que me analicéis psicológicamente, con sus términos psicológicos, la conducta taurina desde otro punto de vista. Sé que estos estudios acerca del mundo del toreo no les gustará a aquellos que dicen ser taurinos pero, sintiéndolo mucho (bueno, no), si sois objetivos y os paráis a analizar vuestra propia conducta, no vais a salir muy bien parados. Prohibido usar las palabras de “tradición” y “cultura”.

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Bibliografía:

Psicología de la afición taurina. Cecilio Panigua.

A las cinco de la tarde: La tauromaquia, un mito único. José Segovia Pérez.

De los toros, taurinos y toreros, psicología de la afición taurina. Paulina Haro Gutiérrez.

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2 comentarios en “De tauromaquia y otras psicopatías. Psicoanálisis.

  1. Vriginiai Campos dijo:

    Estudios científicos abalan este articulo pues se ha demostrado con imágenes de resonancia magnética que el ver actos violentos afecta el área pre frontal del cerebro en detrimento de este, por lo tanto ningún bien le hacemos a nuestro cerebro disfrutando de una “buena corrida de toros”.

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  2. Mario Alberto Benítez Navarro dijo:

    El simple hecho de relacionar la homosexualidad con el parricidio, la psicopatía o el sadismo, utilizándolo como insulto a los taurinos te califica lo suficiente. No voy a entrar al insulto, yo sí respeto a quienes no piensan como yo.

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